E. (II)

En el capítulo anterior… Tres reuniones en el Ministerio de E. Se anula una reunión. Los salvapantallas. Aparece una llave. El hombre del mono azul.


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II

Silbatos y bocinas en el Ministerio de E. Un panfleto. Sobre la Comisión de No Tareas. Una mochila y otros objetos. Se puede seguir según lo planeado.



¡Priiit, priiit, prit-prit-prit!… ¡Priiit, priiit, prit-prit-prit!… ¡Mooooc!
¿Silbatos? ¿Bocinas?
¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡MOOOOC!
Los vi paseándose entre las mesas aún vacías. No había consignas ni gritos, sólo silbatos y bocinas. Ellos también me vieron. Me señalaron. Empezaron a acercarse. No eran más de diez. Me resultaba difícil leer lo que ponía en las pegatinas que llevaban enganchadas pero intuía que pronto averiguaría el motivo de la protesta. Abrieron la puerta y ordenadamente se colocaron todos en fila a lo largo de la mesa mirándome, casi en formación, sin dejar de pitar ni de hacer sonar las bocinas. La sala retumbaba por el eco y los papeles sobre la mesa levitaron sobresaltados. Uno de los manifestantes, el último en entrar, al ver mi pase de visitante frunció el ceño e hizo un gesto a sus compañeros pidiendo silencio. Parecía el cabecilla, no sólo porque enseguida obedecieron sino también por el paquete de hojas que blandía como si hubieran sido escritas por el Dedo de Dios. Me tendió uno de los papeles.
—Gracias —dije.

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E. (I)

Nota del autor: cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad. Algunos nombres han sido modificados por razones de confidencialidad.

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I

Tres reuniones en el Ministerio de E. Se anula una reunión. Los salvapantallas. Aparece una llave. El hombre del mono azul.



Tenía previstas tres reuniones consecutivas en el Ministerio de E. pero me habían cancelado una de las sesiones, justo la de en medio, por lo que disponía de casi una hora y treinta minutos de espera gentileza de la administración pública.
Estaba en la sala, solo, con un montón de papeles desperdigados sobre la mesa para intentar aprovechar el rato y organizar las notas de la reunión anterior. Era una habitación fría, con paredes blancas desnudas, iluminación de fluorescentes y muebles ministerialmente inventariados. Una de las cuatro paredes, la de la puerta, estaba acristalada hasta media altura por lo que podía curiosear la frenética actividad de los salvapantallas en los ordenadores de la mayoría de mesas. Aquel espectáculo me hizo dudar de si la cancelación de la reunión se debía a motivos de agenda o a la hora (literalmente) del desayuno. Estuve absorto durante unos minutos dejando saltar mi imaginación de funcionarios a estrés, de estrés a impuestos, de impuestos a mandagüevos y de mandagüevos a oposiciones. Estaba a punto de tocarme una lotería primitiva cuando una voz me sacó de mis cavilaciones.
—¡Joder, ahora no podemos salir!
La exclamación parecía venir de la pared que había detrás de mí.
—¿Has probado con la llave?
Otra voz. Esta más grave y fatigada.
Clec-clec, clec-clec…
Sí, detrás mío y a la altura de mis pies. Aquel ruido me conducía a una trampilla en la que no me había fijado hasta entonces.
Era una puerta pequeña a ras de suelo de no más de medio metro, cuadrada, de madera pintada de blanco. Por el ojo de la cerradura apareció el extremo de una llave. Continúa leyendo E. (I)

Buenos días: le atiende Mariano José de Larra

(Entrada publicada previamente en BryteBlog el 18 de abril de 2007)

Cojeé hasta una cabina telefónica, marqué el número de emergencias —666—, expliqué cómo una moto acababa de darse a la fuga después de atropellarme dejando mi pierna derecha casi inútil y reclamé una ambulancia, petición tras la que el operador solicitó un número de teléfono. Le dije que llamaba desde una cabina. Él insistió en que el procedimiento indicaba que debía tener un número en el cual confirmar la incidencia y yo le volví a detallar la situación. Me rogó que esperara pues tenía que consultarlo con el supervisor. Mientras, observé como el punto por el que se había fracturado el hueso viraba a un interesante tono morado. La voz regresó para informarme que, dadas las circunstancias, el número de la tarjeta del Servicio Nacional de Salud (que por fortuna siempre llevo encima) podía también servir. Oí el tecleo de los dígitos e inmediatamente me pidió confirmación de los datos que le aparecían en pantalla. Todo correcto menos la dirección. Comenté el detalle aclarando que desde hacía años mi domicilio era otro y que así lo había notificado al Ayuntamiento, a Hacienda, a Sanidad Nacional, al Ministerio del Interior y a mi Centro de Atención Ambulatorio. El operador me aseguró que no podía hacer nada si los datos no coincidían y, bien adiestrado, me sugirió el servicio 666 on-line para ponerlos al día.

Tambaleándome hasta un cibercafé, entré en internet: www.666online.net. Esperando que se cargara la página, me di cuenta que a mis pies había un charco alimentado por el goteo de sangre de la herida que mi tibia astillada había provocado. Utilizando el cable de un ratón sujeté el hueso e hice un torniquete. Cuando hube acabado, la página ya estaba en pantalla. Unos cuantos clicks con sus esperas y llegué al formulario en el que, tras introducir el número del Servicio Nacional de Salud, se mostraban mis datos y se me informaba que para modificarlos debía personarme en alguna oficina de atención al ciudadano del Servicio Nacional de Salud. ¡Tenía la suerte de cara: tan sólo a dos calles había una de esas oficinas! La señorita del mostrador fue muy amable pero no pudo atender mi petición; para ello era indispensable presentar un certificado del padrón municipal con mi actual domicilio.

Medio a rastras, llegué a la sede del distrito donde, después de obtener mi certificado, me recordaron la posibilidad de realizar dicho trámite por teléfono o internet y me rogaron dejara de manchar el suelo con sangre.

Algo mareado, regresé a la oficina del Servicio Nacional de Salud. Allí conseguí que modificaran los datos pertinentes y, en un teléfono público del vestíbulo, marqué de nuevo el número de emergencias: 6-6-6.

Recuérdenlo bien, puede serles útil en caso de urgencia.