Miguelicos: LittleIsland

Por dónde empezar… Bueno, veamos primero esta imagen:

Los robots de LittleIsland

¿Vista, sí?… Ahora la explicación.

Esta imagen sale de LittleIsland, una empresa japonesa que —por unos 2.500 €— le vende un robot o muñeco personalizado a su imagen y semejanza. Sólo tiene que enviarle una foto, esa pequeña fortuna, y le harán llegar la figura equipada con 512MB de RAM, 80GB de disco duro, tarjeta de red, cámara o sensor visual de 0.1 Mpx, altavoz y algunos servomecanismos para el movimiento.

El fabricante afirma que es posible hacer aprender al robot la voz de la persona imitada y que, por ejemplo, podría leerle las noticias vía RSS.

Así, en frío, lo primero que se me ocurre es que se trata de un iPod embalsamado y que bien podrían haberlo bautizado iDoll, no sólo por el egocéntrico prefijo sino también por el ídolo o fetiche que un miguelico así supone.

A partir de aquí, es difícil evitar comentarios sobre los muñecos de José Luis Moreno, las ausencias laborales de nuestros representantes electos, las nuevas posibilidades para las regulaciones de empleo o sobre otras perversiones sexuales.

Congresistas y senadores, tomen nota para sus pedidos: littleisland.biz

Miguelicos: el Ocean Dome de Miyazaki

(Entrada publicada previamente en BryteBlog el 13 de diciembre de 2007)

Arquitectura de información, usabilidad y accesibilidad en la playa. Se lo prometo: nada que ver con sombrillas que vuelan ni con llevarse el portátil de vacaciones.

La primera vez que vi el Ocean Dome de Miyazaki, Japón, fue en un libro de fotografía expuesto en el aparador de la librería La Central del Raval. No compré el libro pero la imagen se me quedó grabada en las categorías “miguelicos”, “algo para explicar” y “están locos estos romanos”.

Es posible que muchos de ustedes ya sepan de qué hablo pero, por si alguno no lo conociera, esta es una foto del mayor parque acuático cubierto del mundo:

Ocean Dome

Impresionante, ¿verdad?

Bueno, la razón por la que aquí y ahora les esté explicando esto es que el domo cerró sus puertas al público. En octubre de 2007, para ser más exactos.

Según Phoenix Segaia Resort, la empresa propietaria del invento, el cierre se debe tanto al descenso en la afluencia de público como a la mejora y adaptación de su oferta turística y de ocio hacia otras propuestas más atractivas. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el diseño y desarrollo web, con la comunicación y servicios on-line o con Bryte? Pues de nuevo nos da para hablar sobre usabilidad, arquitectura de contenidos, definición de conceptos y (cómo no) de sentido común.

Me explico.

Imaginemos que Ocean Dome de Miyazaki fuera una página web o un servicio prestado a través de internet. En ese supuesto, durante la fase inicial del proyecto (antes de realizarlo) deberíamos preguntarnos:

… Aparte de la oferta de restauración, temperatura ambiente y del agua controlada todo el año, agua clorada, ausencia de depredadores (animales) marinos y oleaje al gusto… ¿tiene sentido construir una piscina-playa artificial a menos de 1 Km de la playa de verdad?

… Si tiene sentido, ¿qué precio debe tener la entrada para que el público escoja esta opción en lugar de la playa natural?

… ¿Estamos hablando de una actividad social estacional o está el público preparado para salir de casa con anorak al ir a la playa?

… Una de accesibilidad: ¿habrá espacio suficiente para que las avionetas sobrevuelen la playa con sus pancartas publicitarias y lancen pelotas de propaganda?

… Si es así, ¿cuántas pelotas caerán dentro del domo?

… Si las probabilidades de que las pelotas de playa caigan dentro del domo son bajas, ¿alguien ha previsto un acceso rápido para salir corriendo a buscarlas?

… ¿A qué profundidad puedo excavar en la arena para hacer la #@!* broma de enterrar a alguien?

… ¿Habría que devolver el dinero de las entradas en caso de bandera roja?

… Por cierto: ¿quién decidió que era necesario poner los mástiles para las banderas del estado del mar?

… Ya que tenemos los mástiles instalados, ¿ponemos publicidad?

… ¿Estará abierto por la noche? ¿Soplará una romántica y cálida brisa para crear ambiente? ¿Y la iluminación: dejamos que los usuarios puedan apagar los focos que iluminan la publicidad de los mástiles?

… ¿Alguien ha calculado la profundidad correcta del agua para poder saltar desde las rocas del decorado?

En fin, tal y como les decía: “miguelicos”, “algo para explicar” y “están locos estos romanos”.

¿Que qué quiere decir “miguelico”? Por favor, lean esta entrada.

¿Qué es un “Miguelico”?

Para salir rápido de dudas: un “miguelico” es un trasto, un cachivache que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Pero… ¿de dónde viene el término “miguelico”?

En una entrada realizada para el blog de Bryte les prometía explicar que era un “miguelico”. No se esfuercen, esta vez ni tan siquiera Google les ayudará, el origen de este uso es algo muy personal.

Como les decía, un “miguelico” es un trasto, un cachivache, un utensilio que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Tanto vale para un objeto como para un lugar; lo fundamental es que tras haberlo comprado o visitado nuestra decepción sea clara al no obtener de él (ni de lejos) lo que inicialmente habíamos esperado. Además, la confirmación de que algo es un miguelico seguramente irá acompañada con un hiriente “¡Vaya cosa inútil has comprado!”, haciéndonos sentir aún más fracasados e incluso humillados ya que, por lo visto, todo el mundo —excepto uno mismo— sabía que aquello iba a ser una evidente inutilidad.

¿Por qué “miguelico” cuando ya existen palabras como “cachivache”, “chisme” o “inutildad”?

El origen de esa palabra se debe a una pequeña y modesta tienda de barrio, un bazar equivalente a las actuales tiendas multiprecio. El nombre de la tienda lo explicará todo: Bazar Miguel. Exacto, era la tienda dónde uno iba a comprar un sencillo colador y acababa adquiriendo algo que parecía un colador pero que, tras intentar usarlo, descubría que no servía para colar. Es decir, un “miguelico”:
—¿Hijo, qué es esto —decía mi madre examinando el presunto colador— ya te han vendido otro miguelico?
Mientras cruzaba la calle, mis sentimientos de enfado y vergüenza se mezclaban a partes iguales y me juraba (otra vez) no dejarme engañar nunca jamás.
—Miguelico —decía yo entrando a la tienda exhibiendo el colador en la mano— este colador no funciona, dice mi madre que me des otro, anda.
El dueño de la tienda era un comerciante de los de antes y sabía perfectamente hasta dónde podía llegar.
—Miguelico —regresaba algo más tarde, esta vez acompañado de mi madre— ¿no tienes un colador normal?

Ya ven. “Miguelico” es una de esas palabras familiares que uno usa en casa desde la infancia; una de esas palabras con las que uno crece, olvidando que es desconocida por los demás o pensando que es sabida por todo el mundo; averiguando, al emplearla fuera de casa tiempo después, cuán equivocado estaba y descubrir que nadie te ha entendido. Seguro que ustedes tienen palabras así, creadas en la intimidad de casa como un juego o como una broma íntima y que aún siguen utilizando con mucho cariño. Desconozco si los lingüistas tienen un término para definir ese tipo de palabras pero, si no lo hay, creo que haría falta uno. Lástima que “miguelico” ya quiera decir otra cosa.