E. (I)

Nota del autor: cualquier parecido con la coincidencia es pura realidad. Algunos nombres han sido modificados por razones de confidencialidad.

—•—

I

Tres reuniones en el Ministerio de E. Se anula una reunión. Los salvapantallas. Aparece una llave. El hombre del mono azul.



Tenía previstas tres reuniones consecutivas en el Ministerio de E. pero me habían cancelado una de las sesiones, justo la de en medio, por lo que disponía de casi una hora y treinta minutos de espera gentileza de la administración pública.
Estaba en la sala, solo, con un montón de papeles desperdigados sobre la mesa para intentar aprovechar el rato y organizar las notas de la reunión anterior. Era una habitación fría, con paredes blancas desnudas, iluminación de fluorescentes y muebles ministerialmente inventariados. Una de las cuatro paredes, la de la puerta, estaba acristalada hasta media altura por lo que podía curiosear la frenética actividad de los salvapantallas en los ordenadores de la mayoría de mesas. Aquel espectáculo me hizo dudar de si la cancelación de la reunión se debía a motivos de agenda o a la hora (literalmente) del desayuno. Estuve absorto durante unos minutos dejando saltar mi imaginación de funcionarios a estrés, de estrés a impuestos, de impuestos a mandagüevos y de mandagüevos a oposiciones. Estaba a punto de tocarme una lotería primitiva cuando una voz me sacó de mis cavilaciones.
—¡Joder, ahora no podemos salir!
La exclamación parecía venir de la pared que había detrás de mí.
—¿Has probado con la llave?
Otra voz. Esta más grave y fatigada.
Clec-clec, clec-clec…
Sí, detrás mío y a la altura de mis pies. Aquel ruido me conducía a una trampilla en la que no me había fijado hasta entonces.
Era una puerta pequeña a ras de suelo de no más de medio metro, cuadrada, de madera pintada de blanco. Por el ojo de la cerradura apareció el extremo de una llave.
—¡Que no coño, que no se abre!
—A ver, déjame…
Clec-clec, clec-clec… ¡clic!
La trampilla se abrió. Se asomó una cabeza.
—Bienvenido al Ministerio de E. —dije. Sabía que no era una gran frase pero me pareció suficiente y digna de Henry Stanley. Además, aquella situación me había cogido un tanto desprevenido, era un sueño hecho realidad: estaba viviendo un guión de Kaufman pero sin necesidad de ser John Malkovich, había encontrado una de las puertas al país de la maravillas de Alicia y, por si fuera poco, todo ello en un escenario perfecto para ambientar los capítulos inconclusos de ‘El Proceso’. Pero ahí no acababa el sueño. Tras la cabeza apareció gateando el resto del cuerpo uniformado en un mono de trabajo azul, botas de seguridad, un cinturón de herramientas y un racimo de cables de todos los colores.
—¡Brazil! —exclamé— ¡… el fontanero de Brazil!
—Un respecto —contestó el hombre del mono azul— que soy más alto que Robert De Niro.
Su respuesta me devolvió a la realidad.
—Perdón, no pretendía ofenderle.
—No se preocupe, siempre nos confunden. ¿Está usted sólo? ¿Hay alguna reunión ahora?… Acabamos en un segundo y nos vamos para el Ministerio de E.
—Uh… Disculpe pero, como le decía, este es el Ministerio de E.
—¡Te lo dije —recriminó la voz grave y fatigada todavía al otro lado de la pared— teníamos que coger el desvío de la izquierda!
El hombre del mono azul miró hacia la portezuela alzando la cejas haciendo un gesto como diciéndome ‘no haga caso’.
—¿Este es el Ministerio de E? —me preguntó mientras tiraba de los cables y los iba enrollando en su codo.
—Sí —contesté—, estamos en la tercera planta del Ministerio de E.
—Joder, con tantas Direcciones y Subdirecciones Generales no hay que se aclare. Bueno, ya que estamos aquí permítanos un momento.
—Por supuesto. ¿Vienen de muy lejos? —dije, intentando ser educado.
—Del Negociado Segundo de Plausibles, Ministerio de G.
—Vaya, eso está en otra planta, ¿no?
—¿En otra planta? —Nuevo alzamiento de cejas, esta vez examinando mi acreditación de visitante colgada al cuello—. Señor, me temo que eso es información confidencial. Mire, si no tiene inconveniente, recojo todo esto y me iré. ¿Me echa una mano con el cable?
—Claro, claro —respondí levantándome de mi silla.
Estuvimos tirando y recogiendo cable durante unos minutos. Al final el racimo se había convertido en una bobina de varias decenas de metros. Cuando el extremo final apareció, una mano surgió de la trampilla y la cerró.
—¡Echa la llave! —recordó la voz grave y fatigada despidiéndose al otro lado de la pared.
El hombre del mono azul se agachó y dio dos vueltas a la llave en su cerradura.
—Bueno, pues le dejamos trabajar —dijo al tiempo que se colgaba el cable al hombro— …¡Ala, hasta otra!
Salió de la habitación por la puerta acristalada, sin dejar de observarme, como asegurándose de que no lo siguiera o de que no me escapara de allí.

Permanecí un rato ensimismado con la mirada perdida en la puerta por donde había desaparecido el hombre del mono azul, hasta que, sacándome del trance, entró en la sala la persona con quien debía reunirme en un rato.
—¿Quieres un café, necesitas alguna cosa? —me ofreció con cierto tono de remordimiento.
—No, muchas gracias, ya estoy distraído aquí —contesté señalando los papeles que tenía sobre la mesa y mirando de reojo la cerradura de aquella trampilla tras de mí.

(Continuará…)

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