E. (II)

En el capítulo anterior… Tres reuniones en el Ministerio de E. Se anula una reunión. Los salvapantallas. Aparece una llave. El hombre del mono azul.


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II

Silbatos y bocinas en el Ministerio de E. Un panfleto. Sobre la Comisión de No Tareas. Una mochila y otros objetos. Se puede seguir según lo planeado.



¡Priiit, priiit, prit-prit-prit!… ¡Priiit, priiit, prit-prit-prit!… ¡Mooooc!
¿Silbatos? ¿Bocinas?
¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡MOOOOC!
Los vi paseándose entre las mesas aún vacías. No había consignas ni gritos, sólo silbatos y bocinas. Ellos también me vieron. Me señalaron. Empezaron a acercarse. No eran más de diez. Me resultaba difícil leer lo que ponía en las pegatinas que llevaban enganchadas pero intuía que pronto averiguaría el motivo de la protesta. Abrieron la puerta y ordenadamente se colocaron todos en fila a lo largo de la mesa mirándome, casi en formación, sin dejar de pitar ni de hacer sonar las bocinas. La sala retumbaba por el eco y los papeles sobre la mesa levitaron sobresaltados. Uno de los manifestantes, el último en entrar, al ver mi pase de visitante frunció el ceño e hizo un gesto a sus compañeros pidiendo silencio. Parecía el cabecilla, no sólo porque enseguida obedecieron sino también por el paquete de hojas que blandía como si hubieran sido escritas por el Dedo de Dios. Me tendió uno de los papeles.
—Gracias —dije.

—Vaya, no sabía que hubiera todo un departamento para la Administración de Solsticios.
—¿No es usted del Ministerio, verdad?
—No, no —contesté escudándome en mi acreditación casi avergonzado.
—Verá, la gente piensa que esto de los solsticios es pulsar una tecla y ya está pero cada año, en cada solsticio, tanto en verano como en invierno, hay muchas cosas que hacer: gestiones, llamadas, comunicados, reuniones, estadísticas, análisis, comisiones, informes… ¡No sabe usted la de trabajo que hay detrás! ¿Y sabe qué? —estaba lanzado— ¿sabe cuántas personas somos para todo ese trabajo? ¡Quince, sólo quince! ¡Y encima ahora que se han jubilado tres nos dicen que tenemos que tirar adelante sin sustituirlos y que no se pueden modificar las fechas de los solsticios! ¡Un abuso!
Murmullos, quejas, asentimientos.
—¡Y aún no sabe lo peor!
—¿No? —mejor seguir la corriente.
—¡NO! ¡Dicen que quieren fusionar nuestro departamento con el de Gestión de Calendarios Humanos, y todos sabemos lo que quiere decir eso!
Más murmullos, quejas y asentimientos.
—Disculpen mi ignorancia pero… ¿esto de los solsticios no es algo astronómico, algo natural que sucede sin ayuda? —Nada más decirlo me di cuenta de mi error.
Silencio.
—¿Oiga, no será usted de la Comisión de No Tareas, verdad? —preguntó alguien del piquete.
—Pues no, no —me apresuré a responder—, ni sé lo qué es.
—La Comisión de No Tareas —comenzó a explicar el portavoz con tono paciente y conciliador — es un grupo de trabajo creado por la Subdirección de Gestión de la Huelga. El Comité está estudiando hasta qué punto las actividades de esta comisión podrían estar infringiendo el convenio.
—¿Y qué actividades son esas?
—Pues básicamente buscan Temas No Tratados y analizan si se dan casos de intrusismo o de solapamiento de competencias.
—¿… Temas No Tratados? —seguí preguntando.
—Sí, temas de los que nadie esté hablando ni escribiendo, temas pendientes de tratar.
—¿Pero si nadie los está tratando, cómo los encuentran?
—¡Pues precisamente hombre!… Buscan por internet y si encuentran algo es que está siendo tratado. Antes usaban también las enciclopedias, las páginas amarillas y algunas revistas del corazón pero ahora la red les proporciona todo lo que necesitan.
—Perdone que insista pero, si lo he entendido bien, todo lo que encuentren será porque está siendo tratado, ¿no?…
—Exacto.
—… ¿Y si no encuentran algo entonces lo analizan?
—Eso es.
—Entiendo —mentí—, ¿y han encontrado muchos temas?
—Tengo entendido que ninguno, por el momento.
—¿Y cuánta gente trabaja en esa comisión?
—Me parece que ahora son seis o siete.
—Más el jefe de servicio… —añadió alguien del grupo.
—Y los comisionados externos… —matizó otro.
—Sí, y un par de empresas proveedoras —prosiguió el líder— por eso pensábamos que quizás era usted de la comisión. Por cierto, ¿aquí no había una reunión a esta hora?
—Pues sí, pero se ha anulado. Estoy esperando a otra que hay en un rato. Si quieren volver más tarde nos encontrarán aquí.
Los manifestantes intercambiaron miradas. Estaba claro que algo no sucedía de acuerdo a lo previsto.
—¡Hola, ya está resuelto! —dijo una nueva voz desde la puerta.
—No hay reunión —le informó el portavoz con desánimo.
—¿No? —contestó abriéndose paso para dejar sobre la mesa unas cadenas, una mochila pequeña y un cojín— ¿y qué hacemos?
—Este señor dice que en un rato hay otra.
—¿Seguro?
Todos me miraron.
—Creo que sí —contesté—, o al menos eso espero.
—Bueno —dijo el recién llegado— entonces todo arreglado, sólo hay que esperar un poco pero podemos seguir según lo planeado.
Sin decir más, fue hasta el fondo de la sala. Dejó el cojín y la mochila en un rincón y enrolló las cadenas alrededor de su cintura. Luego hizo pasar uno de los extremos por los tubos del radiador y, satisfecho, cerró unos cuantos candados asegurándose de que estaba bien amarrado.
—¿No tendrás calor? —le preguntó alguien del grupo.
—No te preocupes —contestó el anclado— la causa bien lo vale.
—¡Bien dicho!… ¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡PRIIIT, PRIIIT, PRIT-PRIT-PRIT!… ¡MOOOOC!
Igual que entró, el piquete fue saliendo de la sala entre pitidos y bocinazos, acompañando su despedida con puños alzados y algunos panfletos lanzados sobre la mesa.
—Nos vamos a la cafetería, debe estar todo el mundo ahí. ¡Estamos contigo, compañero! —dijo alguien mientras se iban— ¡Estamos contigo!

El silencio retornó a la sala. El encadenado estaba acabando de acomodarse en sus cojines. Para ser amable pensé en ofrecerme a traer café o agua pero me frené cuando vi que de la mochila sacaba una novela, un termo y unas galletas.
—¿Le apetece un poco de café?— dijo tendiéndome el recipiente y un vaso de plástico.
—No, muchas gracias —contesté—, ya he tomado demasiado café hoy.
Durante unos minutos los dos seguimos haciendo como si nada, a lo nuestro, él leyendo su novela y yo moviendo papeles en la mesa. Al poco rato, como recordando algo que hubiera dejado en el fuego, volví a mirar la trampilla y su cerradura.
—Disculpe que le interrumpa pero tengo curiosidad por algo que me ha sucedido hace un rato: ¿sabe usted qué hay tras esta puerta? —pregunté.
—¿Puerta? —respondió levantando la vista de su libro y mirando hacia donde le estaba indicando— Ah, ¿se refiere usted a Los Entresijos… ?

(Continuará…)