¿Qué es un “Miguelico”?

Para salir rápido de dudas: un “miguelico” es un trasto, un cachivache que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Pero… ¿de dónde viene el término “miguelico”?

En una entrada realizada para el blog de Bryte les prometía explicar que era un “miguelico”. No se esfuercen, esta vez ni tan siquiera Google les ayudará, el origen de este uso es algo muy personal.

Como les decía, un “miguelico” es un trasto, un cachivache, un utensilio que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Tanto vale para un objeto como para un lugar; lo fundamental es que tras haberlo comprado o visitado nuestra decepción sea clara al no obtener de él (ni de lejos) lo que inicialmente habíamos esperado. Además, la confirmación de que algo es un miguelico seguramente irá acompañada con un hiriente “¡Vaya cosa inútil has comprado!”, haciéndonos sentir aún más fracasados e incluso humillados ya que, por lo visto, todo el mundo —excepto uno mismo— sabía que aquello iba a ser una evidente inutilidad.

¿Por qué “miguelico” cuando ya existen palabras como “cachivache”, “chisme” o “inutildad”?

El origen de esa palabra se debe a una pequeña y modesta tienda de barrio, un bazar equivalente a las actuales tiendas multiprecio. El nombre de la tienda lo explicará todo: Bazar Miguel. Exacto, era la tienda dónde uno iba a comprar un sencillo colador y acababa adquiriendo algo que parecía un colador pero que, tras intentar usarlo, descubría que no servía para colar. Es decir, un “miguelico”:
—¿Hijo, qué es esto —decía mi madre examinando el presunto colador— ya te han vendido otro miguelico?
Mientras cruzaba la calle, mis sentimientos de enfado y vergüenza se mezclaban a partes iguales y me juraba (otra vez) no dejarme engañar nunca jamás.
—Miguelico —decía yo entrando a la tienda exhibiendo el colador en la mano— este colador no funciona, dice mi madre que me des otro, anda.
El dueño de la tienda era un comerciante de los de antes y sabía perfectamente hasta dónde podía llegar.
—Miguelico —regresaba algo más tarde, esta vez acompañado de mi madre— ¿no tienes un colador normal?

Ya ven. “Miguelico” es una de esas palabras familiares que uno usa en casa desde la infancia; una de esas palabras con las que uno crece, olvidando que es desconocida por los demás o pensando que es sabida por todo el mundo; averiguando, al emplearla fuera de casa tiempo después, cuán equivocado estaba y descubrir que nadie te ha entendido. Seguro que ustedes tienen palabras así, creadas en la intimidad de casa como un juego o como una broma íntima y que aún siguen utilizando con mucho cariño. Desconozco si los lingüistas tienen un término para definir ese tipo de palabras pero, si no lo hay, creo que haría falta uno. Lástima que “miguelico” ya quiera decir otra cosa.