Para cagarse de miedo 2 (o, ‘Cada vez es más difícil ponerle título a estos posts’)

A pesar de que las sagas en las películas de terror son toda una tradición, disculpen mi vagancia para titular este post y presentarlo como segunda parte de ‘Para cagarse de miedo’. Pero, por favor, comprendan mis razones: si en aquel artículo hablábamos de papel higiénico, aquí nos referimos al tubo o eje del soporte del rollo de papel.

Abrir el website de Creepy Toilet Paper Holder Halloween Party Accessory El ‘Creepy Toilet Paper Holder Halloween Party Accessory’ es el habitual cilindro de dos piezas con un muelle en su interior que permite ajustarlo para poner y quitar el rollo del dispensador clásico. Hasta aquí todo bien, nada que hiciera sospechar que estamos ante un auténtico Miguelico. Lo ridículo (o fantástico, según se mire) es que al girar para cortar un pedazo de papel, el aparato se activa y emite aullidos, gemidos y gritos entre otros surtidos sonidos adecuados para Halloween o Todos los Santos.

Por el momento no se sabe de ningún estudio de ninguna universidad de ningún país que pueda relacionar los efectos especiales de este tipo con las necesidades fisiológicas o la regularidad, aunque si dicen que Mozart es un gran estímulo para el crecimiento intelectual de los bebés, ¿por qué no va a tener esto alguna consecuencia intestinal?… Señores de Danone, pónganle humor al asunto y tomen nota de este posible obsequio para la próxima campaña promocional de su gama de yogures Activia.

Para más información sobre el producto pueden visitar GrimReapers.Com (The Halloween Superstore), pero no se hagan ilusiones, el producto está agotado. ¿Habrá sido Danone?

Miguelicos: FlowerPod

El FlowerPod de DesignnordFlowerPod es un artefacto creado por la agencia DesignNord. Este miguelico es una manera curiosa de plasmar la eficiencia energética: no sólo muestra gráficos, índices y consejos para el ahorro en el consumo eléctrico sino que también nos lo expresa mediante una flor digital que germina, crece y se conserva respondiendo a dicha eficiencia.

… ¿Cómo se conecta y evalúa las diferentes redes de suministro energético? Ni idea.

… ¿Cómo lo hace para no ser uno más de los muchos cachivaches que aumentan el consumo doméstico por el simple hecho de estar conectado? Pues no lo sé.

… ¿Por qué no lo han llamado Mi EcoTamagotchi? Seguramente por problemas de marca registrada.

Más información en designnord.dk

¿Qué es un “Miguelico”?

Para salir rápido de dudas: un “miguelico” es un trasto, un cachivache que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Pero… ¿de dónde viene el término “miguelico”?

En una entrada realizada para el blog de Bryte les prometía explicar que era un “miguelico”. No se esfuercen, esta vez ni tan siquiera Google les ayudará, el origen de este uso es algo muy personal.

Como les decía, un “miguelico” es un trasto, un cachivache, un utensilio que nos ha decepcionado en cuanto a las esperanzas depositadas en su utilidad. Tanto vale para un objeto como para un lugar; lo fundamental es que tras haberlo comprado o visitado nuestra decepción sea clara al no obtener de él (ni de lejos) lo que inicialmente habíamos esperado. Además, la confirmación de que algo es un miguelico seguramente irá acompañada con un hiriente “¡Vaya cosa inútil has comprado!”, haciéndonos sentir aún más fracasados e incluso humillados ya que, por lo visto, todo el mundo —excepto uno mismo— sabía que aquello iba a ser una evidente inutilidad.

¿Por qué “miguelico” cuando ya existen palabras como “cachivache”, “chisme” o “inutildad”?

El origen de esa palabra se debe a una pequeña y modesta tienda de barrio, un bazar equivalente a las actuales tiendas multiprecio. El nombre de la tienda lo explicará todo: Bazar Miguel. Exacto, era la tienda dónde uno iba a comprar un sencillo colador y acababa adquiriendo algo que parecía un colador pero que, tras intentar usarlo, descubría que no servía para colar. Es decir, un “miguelico”:
—¿Hijo, qué es esto —decía mi madre examinando el presunto colador— ya te han vendido otro miguelico?
Mientras cruzaba la calle, mis sentimientos de enfado y vergüenza se mezclaban a partes iguales y me juraba (otra vez) no dejarme engañar nunca jamás.
—Miguelico —decía yo entrando a la tienda exhibiendo el colador en la mano— este colador no funciona, dice mi madre que me des otro, anda.
El dueño de la tienda era un comerciante de los de antes y sabía perfectamente hasta dónde podía llegar.
—Miguelico —regresaba algo más tarde, esta vez acompañado de mi madre— ¿no tienes un colador normal?

Ya ven. “Miguelico” es una de esas palabras familiares que uno usa en casa desde la infancia; una de esas palabras con las que uno crece, olvidando que es desconocida por los demás o pensando que es sabida por todo el mundo; averiguando, al emplearla fuera de casa tiempo después, cuán equivocado estaba y descubrir que nadie te ha entendido. Seguro que ustedes tienen palabras así, creadas en la intimidad de casa como un juego o como una broma íntima y que aún siguen utilizando con mucho cariño. Desconozco si los lingüistas tienen un término para definir ese tipo de palabras pero, si no lo hay, creo que haría falta uno. Lástima que “miguelico” ya quiera decir otra cosa.